Prólogo a Últimas tardes con Teresa per Arturo Pérez-Reverte

Juan Marsé i Arturo Pérez-Reverte —foto extreta de la editorial Ahora—

Juan Marsé i Arturo Pérez-Reverte —foto extreta de la editorial Ahora—

Un día, conversando con Juan Marsé, le dije que Últimas tardes con Teresa es una novela de aventuras. Se me quedó mirando un instante fijo, con su cara de tipo duro, de boxeador marcado por la vida, y respondió “puede ser”. Luego lo pensó un poco más y movió la cabeza despacio, asintiendo. “Quizás —añadió— en cierto modo sea una novela de aventuras”. Después hablamos de otras cosas, y nunca supe si aquello lo dijo por cortesía o porque realmente estaba de acuerdo con mi punto de vista. Ahora acabo de releer el libro —es la cuarta vez en treinta años que sigo la huella, página a página, de Manuel Reyes, alias el Pijoaparte— y confirmo lo que le dije a su autor: Últimas tardes con Teresa es una novela de aventuras. Eso no resulta extraordinario si consideramos que, desde Homero, la historia de la literatura se refiere, casi siempre, a la aventura de un ser humano moviéndose por un territorio hostil, en pos de un deber, una pasión, una idea, un amor, una cita ineludible con el azar o el Destino. Lo que ocurre es que, en el caso de Manolo el Pijoaparte, ese conflicto se traslada de los escenarios clásicos, el mar, la guerra, las praderas, la selva misteriosa, el desierto, a un paisaje inmediato, próximo, tan gris y falto de esperanza como la realidad del hombre atrapado por la tela de araña que él mismo teje: el equívoco, la ambigüedad, la ambición, el dinero como presunta dignidad, el sexo y su doble filo como salvación y como trampa. Excluyo deliberadamente la palabra amor, porque tengo la impresión de que, salvo en momentos puntuales y casi a su pesar —esa pareja enlazada en medio de una melancólica nube de confeti, al final de la fiesta y al final del verano—, ninguno de los dos personajes principales de esta novela está realmente enamorado del otro. O de lo que de verdad es el otro. De ser correcta esta apreciación, Manolo Reyes y Teresa Serrat, enfrentados a lo imposible pero librando cada uno su propia guerra, se moverían a tientas por el confuso y peligroso paisaje fronterizo que es la vida, utilizando ciertas palabras —solidaridad, política, revolución, amor— sólo como armas defensivas y ofensivas, como consuelos o como pretextos.

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Últimas tardes con Teresa per Manolo Vázquez Montalbán

Maruja Torres, Eduardo Mendoza, Manolo Vázquez Montalbán y Juan Marsé a Casa Leopoldo

Maruja Torres, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán y Juan Marsé a Casa Leopoldo

Últimas tardes con Teresa

Los años épicos de los señoritos

de izquierda

Cuando apareció Últimas tardes con Teresa provocó un cierto malestar en los sectores intelectuales comprometidos, sobre todo entre los aún jóvenes profesionales, los valores recién fraguados en la universidad que habían vivido los hechos del Paraninfo (1956-1957) y la constitución de los primeros movimientos universitarios clandestinos de izquierda. El juicio de Pijoaparte-Marsé sobre aquellas promociones críticas no podía ser menos benévolo: «Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda». Veinte años después de la aparición de la novela habría que añadir que algunos de aquellos pioneros de la contestación universitaria barcelonesa han llegado a redactar la Constitución y otros a concejales de ayuntamiento del cinturón rojo o rosa.

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Juan Marsé, su paso de obrero manual a escritor. (12-jul-1979. Tve)

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12-jul-1979. Entrevista a Juan Marsé en el programa “Encuentros con las letras”. El escritor habla de su paso de obrero manual a escritor; de su estancia en París; del estilo narrativo y de sus novelas, sobre todo de su obra “Últimas tardes con Teresa” y “Si te dicen que caí”; de su actividad periodística, su participación en guiones de cine y de su opinicón sobre la narrativa española actual.

Autoretrato (II) per Juan Marsé

Juan Marsé

Juan Marsé

Extracte del llibre Ronda Marsé (Candaya), en el que alguns autors examinen la vida i l’ obra de l’escriptor Juan Marsé

Siempre pertrechado para irse al infierno en cualquier momento. El rostro magullado y recalentado acusa las rápidas y sucesivas estupefacciones sufridas a los largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos idiotas y banderas depravadas. Las facciones se traban, compulsivas, antes de desmoronarse. Se trata de un sujeto sospechoso de inapetencias diversas y como deslomado, desriñonado y despaldado. Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón de la memoria.

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Autoretrato(I) per Juan Marsé

Juan Marsé, d'aprenent de joier

Juan Marsé, d'aprenent de joier

Extracte del llibre Ronda Marsé (Candaya), en que alguns autors examinen la vida i l’ obra de l’escriptor Juan Marsé

El rostro magullado y recalentado acusa diversas y sucesivas estupefacciones sufridas a lo largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos y banderas. Este sujeto, sospechoso de inapetencias y como desriñonado, podría ilustrar no sólo una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive: mientras el país no sepa qué hacer con su pasado, jamás sabrá qué hacer con su futuro. De ahí la pupila descreída y la estatura escasa, escépticos los hombros, incierta la sonrisa y oscuros sus designios. Avanza cabizbajo y patizambo y con una leve cojera en la pierna derecha, tan leve que tampoco ella tiene posibilidades de futuro, y ni siquiera es elegante.

Hay en los ojos harapientos, arrimados a la nariz tumultuosa, una soñolienta nostalgia del payaso de circo que siempre quiso ser. Es fláccida la encarnadura facial, quizá porque la larga invernación intelectual y muscular, el aburrimiento, el alcohol y la luctuosa telaraña de casi cuarenta años de censura han abofeteado y abotargado las mejillas. La escarcha triste de la mirada y el incongruente rizo indómito son memoria de una adolescencia que le fue escamoteada. La niñez indigente y callejera, flanqueada por las altas tapias imperiales de lo prohibido, clama todavía en esa cara aniñada y en ese pelo ensortijado.

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El fantasma del cine Roxy

Cinema Roxy

Cinema Roxy

En un conte de Juan Marsé, El fantasma del cine Roxy, inclòs en el volum de Cuentos Completos, tracta de l’estreta relació del cinema amb la seva narrativa. D’altra banda, tant el cinema Roxy com el cinema Rovira, són freqüentats pels personatges de les novel·les de Marsé; formen part del seu imaginari particular. De fet, qualsevol que s’assegui —encara ara— en el banc just a tocar de la figura impertorbable d’Antoni Rovira i Trias, pot arribar a escoltar, a partir de certes hores, entre sessió i sessió, els xerrics de les cadires de fusta del cinema Rovira. Als agnòstics, prove-ho i comprove-ho, si dubteu.

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Juan Marsé (Barcelona, 1933) per María- Dolores Albiac

Juan Marsé

Juan Marsé

Este escarpado y promiscuo escenario de La Salud nunca había sido para él un simple marco de sus funciones de policía, sino el motor  mismo de esas funciones. habían pasado tres años desde su traslado y otras competencias lo alejaron del barrio, pero nunca logró desconectar su imaginación sensorial y su belicoso olfato de estas calles enrevesadas y de su vecindario melindroso, versado en la ocultación y la maulería. En las rutinarias inspecciones del recuerdo persistía un cálido aroma a ropa planchada y almidonada, a festividad clandestina y vernácula.

(Ronda del Guinardó, 1984)

Juan Faneca, taxista barcelonés, viudo reciente, padre de una niña de cinco años y de un bebé de semanas a los que no puede atender, da en adopción al recién nacido a un matrimonio que ha perdido a su primer hijo y no podrá tener más. A Juan Faneca Roca le dio sus apellidos el modesto matrimonio catalanista de izquierdas Marsé Carbó. Estudió en el Colegio del Divino Maestro, y a los trece años entró de aprendiz-recadero en un taller de joyería. Su formación, autodidacta, se inició con tebeos de aventuras, libros de los centros del Frente de Juventudes y en los cines de barrio. Concursó a varios premios literarios, y en 1960, llevó Encerrados con un solo juguete al Biblioteca Breve, que se dejó desierto, pero lo puso en contacto con el grupo de Seix Barral: el propio Carlos, Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, José María Valverde, Joan Petit, José María Castellet, los Goytisolo.

Aquellos intelectuales burgueses de izquierdas admiraron en Marsé el prototipo del obrero escritor, y en pleno auge del realismo social, su convicción contracorriente. La fuerza expresiva y la capacidad para captar el ambiente de una juventud aburrida, sin ideales, insolidaria y autocomplaciente, sin más juguete que el cutre erotismo de posguerra, los llevó a ayudarlo a alcanzar la formación y metas que le correspondían. Una beca, y un contrato como «candidat à garçon de laboratoire» en el departamento del futuro Premio Nobel Jacques Monod, lo condujeron, por dos veces, a París. Aprendió el idioma, se relacionó con intelectuales, con el grupo de la editorial El Ruedo Ibérico y con el exiliado PCE, en una militancia que, al volver a Barcelona, continuó en el PSUC hasta 1967. Su gran amigo fue Jaime Gil de Biedma, excelente poeta, hombre de una cultura apabullante, alto funcionario de la familiar Compañía de Tabacos de Filipinas y miembro de una familia altoburguesa de propietarios castellanos, ganadora de la guerra civil. Gil de Biedma explicaba tan fraternal amistad en que representaban grupos sociales llamados a extinguir: Juan, al proletariado militante y catalanista (aunque él, por reacción al padre, nunca lo fuera); Jaime, nieto de Santiago Alba, a una burguesía culta, refinada y terrateniente, a la que en un poema denominó «de la pérgola y el tenis». Fue una simbiosis: Marsé, con su tenaz laboriosidad y vitalismo, contrabalanceaba la tendencia a la inhibición hipercrítica del muy selectivo y parsimonioso poeta. Por su parte, Gil de Biedma ayudó a Marsé a entrar en el mundo de las referencias culturales, y matizó la inicial tendencia de Juan a la comicidad directa y a un sentimentalismo algo sensiblero, con dosis de ironía y de un rigor histórico al que Juan Marsé ha dado su sello y ha sabido dosificar con su plástico y ceñido estilo, hasta convertirse en el mejor narrador contemporáneo.

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Nota publicada en la séptima edició de Últimas tardes con Teresa

Juan Marsé

Juan Marsé

La nota a la séptima edición fue escrita en 1975, diez años después de la publicación de la novela. Han transcurrido treinta años más desde entonces, se han sucedido las ediciones en distintos sellos editoriales, y ahora, con motivo de la presente a cargo de la misma editorial que publicó la primera en 1966, he añadido algunas correcciones necesarias que, lo mismo que aquellas que efectué en la séptima, no afectan a nada sustancial ni en la trama ni en la estructura de la obra. Habida cuenta que la nota de 1975 expresa lo mismo que he sentido ahora al releer la novela, es decir, teniendo en cuenta que al hipotético lector de entonces le decía exactamente lo mismo que le diría al de hoy acerca de la novela y las correcciones últimas que he considerado oportunas, he aconsejado al editor que mantenga aquella nota aclaratoria en la presente edición.

J. M.

Octubre, 2005

Si de algo puede estar más o menos seguro un autor acerca de un libro suyo recién escrito, es de la distancia que media entre el ideal que se propuso y los resultados obtenidos, pese al rigor formal con que intentó amarrar el deseo y la realidad. Pero si se trata de un libro no reciente, escrito por ejemplo diez años atrás, como es el caso de éste, aquella dudosa certeza ha dejado de importunar y en su lugar alumbra un cálido estupor. Mis relaciones actuales con Teresa, después de estos años de convivencia, no sólo son buenas sino incluso más estimulantes de lo que yo había supuesto.

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