Hondures i Augusto Monterroso

monterrosoAugusto Monterroso (Tegucigalpa, Hondures, 21/12/1921 – Ciutat de Mèxic, Mèxic, 7/2/2003) és el representant d’Hondures al grup E de la Copa del Món de Futbol de 2014. Però més enllà de ser el representant d’Hondures, és el representant centreamericà perquè Monterroso era hondureny de naixement, guatemalenc d’adopció i centreamericà de convicció.

Augusto Monterroso és la màxima figura del microrrelat en llengua espanyola, gènere que a les seves mans esdevenia profund i fascinant de manera inversament proporcional a l’extensió de la composició.

De formació autodidacta, es dedicà a la lectura apassionada dels clàssics, en especial de Cervantes, la influència del qual és permanent a la seva obra.

El seu compromís polític contra les dictadures dels anys 40 a Guatemala el van obligar a exiliar-se a Mèxic i Xile, on fou secretari de Pablo Neruda. De tornada a Mèxic, escriu el seu microconte més famós: El Dinosaurio (1959). Aquest conte fa referència al Partido Revolucionario Institucional (PRI), el qual va governar Mèxic durant setanta anys, el que feia que hi hagués aquesta sensació de perpetuïtat del PRI des de el principi dels temps.

El microrrelat El Dinosaurio és aquest:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

bicho

La mano de Onetti de Augusto Monterroso

mà de la cova de Pech-Merle

mà de la cova de Pech-Merle

Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.
Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con esos debe trabajarse.
Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota, y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.
La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.
Como Juan Carlos Onetti es sabio, sabe que no sabe y por eso sus cuentos son insondables y como seres vivos que hay que volver a ver una y otra vez, de principio a fin, y por en medio, y por las esquinas de las páginas y de los párrafos; y empezar de nuevo porque la vida y los cuentos son complicados, y un tiempo más tarde, seis años o una semana, el cuento ya es otro, y uno ya es otro, y entonces hay que recomenzar y darle vueltas, agitarlo antes de usarlo y dejar que las palabras vuelvan a asentarse para permitirles una vez más revelar su misterio, a medida que pasan al ojo, a lo que llamamos cerebro (palabra horrible) o, mejor, a lo que antes se decía sin ninguna vergüenza el corazón o el alma, a donde los cuentos de Onetti van indefectiblemente a dar, porque ése es su blanco secreto, y uno se va dando cuenta de eso y encuentra, con un gusto más bien melancólico, que eso es un cuento, y que por lo mismo los cuentos no pueden ser muchos porque el corazón no los resistiría, y si son de Onetti, menos. Y esto sí lo sabe Onetti y por eso no ha escrito tantos para dejarnos pasar a sus novelas, en las cuales siempre es más fácil, por una razón o por otra, acostumbrarse con tiempo a las cosas, y sobrevivir.
Una mañana de 1967 Onetti llegó a mi casa en la ciudad de México. Lo más probable es que él lo olvidara. Yo lo acompañaría a la Universidad de México, en donde grababa un disco para una colección llamada Voz Viva de América Latina. Llegó a mi casa un día, una mañana, en la ciudad de México.
En la pequeña sala, una hija mía de meses le llamó la atención. Onetti se acercó a ella. Inclinándose, extendió un brazo y le acarició con ternura la cabeza. En su cuento “Un sueño realizado” alguien acaricia también una cabeza en el final de la vida. De entonces para acá he estado cerca de Onetti, sin que él me viera, en varias ocasiones. El mejor recuerdo suyo que tengo es el de su mano en la cabeza de mi hija en el principio de la vida.

Fi

Augusto Monterroso

Augusto Monterroso

Imagino amb horror els titulars que, per narrar la mort d’Augusto Monterroso, trauran els diaris de mig món (Guatemala, Mèxic i Espanya inclosos), amb paràfrasis tremebundes: «Quan es va morir, el dinosaure encara hi era» o «El dinosaure està de dol». (Això del dinosaure donarà molt de joc, ja ho veuran). Tot i que d’altres provaran de mostrar un ventall més ampli. ¿Hi haurà qui tituli «Obres completes  (i cap conte més)»? ¿I «Immobilitat perpètua»? És la part fotuda dels escriptors i dels cantants, que quan es moren tothom té el coratge de jugar amb els seus títols.

Monterroso va saber fer un art de la claredat i la falta d’impostura. Va deixar escrit: «Fujo de les metàfores: només als escriptors dolents els fan feliços». Monterroso i Juan José Arreola van ser, durant la meva adolescència, els dos mestres d’aquella immensitat que comença sent el sud de l’Amèrica del Nord per acabar estreta i centreamericana. Tots dos compartien la il·lusió pels malabarismes lingüístics i la literatura com un joc profund per divertir. Cada cop que veia un nou títol de Monterroso a les llibreries el comprava amb devoció i, sovint, quan el llegia descobria que es tractava d’un llibre ja publicat abans, o de la suma de dos o tres altres llibres, amb el contes reordenats i algun de menys. No sé si va ser alguna frase seva llegida en una entrevista o l’experiència personal el que aviat em va fer arribar a la convicció que, cada cop que Monterroso reeditava un llibre, el llibre era més prim, amb menys pàgines. Com si, per comptes d’escriure cada cop més, busqués esborrar fins i tot allò que havia escrit abans, en una ànsia de perfecció que només satisfà el silenci.

Esplendor i glòria de la Internacional Papanates

Quim Monzó

Consells al joves escriptors (I)

Moisès

Moisès

Decálogo del escritor

Augusto Monterroso

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

Avui, per encetar la setmana…. un microrelat (o més d’un)

Dibuix de Monterroso

Encetem aquesta secció, com no podria ser d’altra manera, amb el microrelat més famós i més curt de tots els temps, el conte que cita qualsevol antologia que es preuï, el dinosaurio de l’escriptor Augusto Monterroso:

El Dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Aquí teniu un enllaç en el qual ens expliquen les excel•lències d’aquest conte

Monterroso amb veu pròpia

El decàleg de l’escriptor segons Monterroso

Per tal de excitar-vos les ganes de llegir-ne més, us afegim tot un reguitzell de contes nascuts de l’admiració que encara desperta aquest escriptor Guatemalenc.

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