Lo que le debo al fútbol —Albert Camus— France footbal, 1957

Albert Camus, el 1930

Albert Camus, el 1930

Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1.940, volví a calzarme los zapatos, me dí cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua afuera como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou. Fue, entonces, hace bastante tiempo, de 1.928 para adelante, supongo. Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt-Mustapha era el Gallia. Pero tenía un amigo, un tipo velludo, que nadaba en el puerto conmigo y jugaba water-polo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial. El césped tenía en su haber más porrazos que la canilla de un centroforward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha. Pero al cabo de un año de porrazos y Montpensier, en el “Lycée” me hicieron sentir avergonzado de mí mismo: un “universitario” debe de jugar en la Universidad de Arge, R.U.A. En este período, el tipo velludo ya había salido de mi vida, No nos habíamos peleado, sólo que ahora él prefería irse a nadar a Padovani donde el agua no era tan “pura”. Ni tampoco, para ser sincero, eran “puros” sus motivos. Personalmente, encontré que su “motivo” era adorable, aunque ella bailaba muy mal, lo que me parecía insoportable en una mujer. ¿Es el hombre, o no es, quien debe pisarle los dedos de los pies?. El tipo velludo y yo prometimos volver a vernos. Pero los años fueron pasando. Mucho después comencé a frecuentar el restaurant de Padovani ( por motivos “puros”) pero el tipo velludo se había casado con su paralítica, quien seguramente le prohibía bañarse, como suele ocurrir.
¿Pero qué es lo que estaba diciendo?. Ah sí, el R.U.A. Estaba encantado, lo importante para mí era jugar. Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de práctica, y del jueves al domingo, día de partido. Así fue como me uní a los universitarios. Y allí estaba yo, golero del equipo juvenil. Sí, todo parecía muy fácil. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años, que abarcaría cada estadio de la provincia, y que nunca tendría fin. No sabía entonces que veinte años después, en las calles de París e incluso en Buenos Aires (sí, me ha sucedido) la palabra R.U.A. mencionada por una amigo con el que tropecé me haría saltar el corazón tan tontamente como fuera posible. Y ya que estoy confensando mis secretos, debo admitir que en Paris, por ejemplo, voy a ver los partidos del Racing Club, al que convertí en mi favorito sólo porque usan las mismas camisas que el R.U.A., azul con rayas blancas. También debo decir que Racing tiene alguna de las mismas excentricidades que el R.U.A. Juega “científicamente”, como decimos, y científicamente pierde partidos que debería ganar. Parece que esto ahora ha cambiado (eso es lo que me escriben desde Argel) al menos en lo que al R.U.A concierne. Necesitaba cambiar, pero no mucho. Después de todo, era por eso que quería tanto a mi equipo, no sólo por la alegría de la victoria, tan maravillosa cuando está combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino tambíén por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota.
Como zaguero estaba el “Grandote”, quiero decir Raymond Couard. Le dábamos bastante trabajo, si mal no recuerdo. Jugábamos duro. Los estudiantes, los nenes de papá, no escatiman tanda. Pobres de nosotros, en todo sentido, ¡muchos nos burlábamos de la dureza de nuestros propios pies!. No teníamos más remedio que admitirlo. Y teníamos que jugar “deportivamente”, porque esa era la dorada regla del R.U.A., y “firmes”, porque cuando todo está dicho y hecho, un hombre es un hombre. ¡Difícil compromiso!. Eso no puede haber cambiado, estoy seguro. El equipo más difícil era el Olympic Hussein Dey. El estadio quedaba detrás del cementerio. Ellos nos hicieron notar, sin piedad, que podíamos tener acceso directo. En cuanto a mí, ¡pobre golero!, vinieron por mi cadáver. Sin Roger, ¡lo que hubiera sufrido!. Estaba Boufarik, ese centro-forward grande y gordo (entre nosotros lo llmábamos “Sandía”) que siempre venía a caer con todo su peso justo encima de mis riñones, sin tener en cuenta el resultado: un masaje-colisión con sus zapatos de fútbol, la camisa tirada hacia atrás de un manotazo, la rodilla sobre las partes delicadas, un “sandwuich” contra el poste… en resumen, una flagelación. Y cada vez, “Sandía” se excusaba con un: “Lo siento, nenito”, y una sonrisa franciscana.
No voy a seguir. Ya me excedí de mis límites. Y entonces, me pongo reblandecido. Hasta en “Sandía” veo bondad. Además seamos sinceros, bien que nos tomábamos la revancha. Pero siempre sin trampas, ya que esto era lo que nos habían enseñado. Y a esta altura, no quiero seguir bromeando. Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo aprendí en el R.U.A. Esto es, en resumen, por qué el R.U.A. no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna ímagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes.