Entrevista, 1927 —Giorgio de Chirico—

Entrevista, 1927 —Giorgio de Chirico—

¿El principal rasgo de su carácter? – La pereza.

¿La cualidad que desea en un hombre? – La bondad.

¿La cualidad que prefiere en una mujer? – La ternura.

¿Lo qué más aprecia en sus amigos? – Lealtad.

¿Su principal defecto? – Ninguno.

¿Su ocupación preferida? – Leer novelas policiales

¿Su sueño de dicha? – Whisky y una buena novela policial que todavía no he leído.

¿Cuál sería su mayor desdicha? – Superstición. No la nombro.

¿Qué quisiera ser? – Yo, en las condiciones presentes, pero con veinte años.

¿Dónde desearía vivir? – En cualquier sitio, pero de rentas.

¿El color que prefiere? – El rojo.

¿La flor que prefiere? – La rosa amarilla.

¿El pájaro que prefiere? – El gorrión.

¿Sus autores preferidos? – La Biblia, Faulkner, Proust, Céline, Dostoievski, Cervantes, Hemingway.

¿Sus poetas preferidos? – Shakespeare, Walt Whitman, Pablo Neruda, César Vallejo, Luis Rosales.

¿Sus héroes de ficción? – Los que yo invento

¿Sus héroinas favoritas de ficción? – Las que yo invento.

¿Sus compositores preferidos? – Tchaikovsky, Prokofiev, Beethoven, Ravel, Mozart.

¿Sus pintores predilectos? – Gauguin, Van Gogh, Picasso, Goya, Klee, Braque.

¿Sus héroes de la vida real? – El Che Guevara.

¿Sus héroinas de la vida real? —

¿Su nombre preferido? – María.

¿Que detesta más que nada? – Ver sufrir sin poder hacer nada para remediarlo.

¿Qué caracteres históricos desprecia más? – Los dictadores.

¿Qué hecho militar admira más? – La campaña de Napoleón en Italia.

¿Qué reforma admira más? – Ninguna evitará la muerte.

¿Qué dones naturales quisiera tener? – Hacerme invisible.

¿Cómo le gustaría morir? – De ninguna manera.

¿Estado presente de espíritu? – Resignado.

¿Hechos que le inspiran más indulgencia? – Todo lo que se haga por amor.

¿Su lema? – Que me dejen en paz.

Júpiter en el mar, 1936 —Giorgio de Chirico—

Júpiter en el mar, 1936 —Giorgio de Chirico—

Júpiter y los pájaros

(Serie: AESOPUS EMENDATUS)
Ambrose Bierce

Júpiter ordenó a todos los pájaros que comparecieran ante él, así podría elegir rey al más hermoso de entre ellos. El horrible Grajo, recolectando todas las bellas plumas que  les habían caído a los otros pájaros, las pego a su propio cuerpo y alegremente se presentó al examen. Los demás, reconociendo su propio plumaje usurpado, protestaron airadamente y comenzaron a desplumarlo.

“¡Deténgase!”, dijo Júpiter, “este pájaro hecho a sí mismo tiene más sentido que cualquiera de ustedes. Él será vuestro rey.

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El asno en la escuela, 1556 —Pieter Brueghel el Vell—

II

Hablábamos el otro día de maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas tiene excusa para ignorar. Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea –relato, éste, de una modernidad asombrosa– y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador –el astuto Ulises– buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 450 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio. Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.

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La puerta de la aduana,1890 —Henri Rousseau—

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Perspective: Madame Recamier by David —René Magritte—

Madame Recamier de David, 1949 —René Magritte—

Madame Récamier, 1800 —Jacques-Louis David—

Madame Récamier, 1800 —Jacques-Louis David—

Gustos Particulares
Juan Rodolfo Wilcock

Entre las extrañas prácticas a las que deben exponerse las prostitutas inglesas para satisfacer los gustos imprevisibles de ciertos clientes, se recuerda este caso: un señor a quien poco antes se le había muerto la mujer hacía llamar una muchacha atractiva, la vestía con un camisón, le daba un rosario, una Biblia y una palanca, y le ponía una corona de rosas en la cabeza; después la hacía tenderse en un ataúd, clavaba la tapa y salía de la habitación: la muchacha debía abrir el ataúd con ayuda de la palanca, y entonces podía volver a casa.

Rosa Molina


Títol: Mapa de los sonidos de Tokyo / Isabel Coixet
Autor/Artista: Coixet, Isabel
Publicació: Barcelona : Tusquets, 2009
Descripció: 116 p. ; 21 cm
Col•lecció: Andanzas ; 698

Mapa de los sonidos de Tokio és una novel•la escrita per Isabel Coixet a partir del guió de la seva pel•lícula del mateix títol. A través dels ulls d’un enginyer que es dedica a enregistrar sons, narra les relacions que s’estableixen entre diferents personatges que s’entrecreuen a la ultramoderna (i alhora tradicional) ciutat.

D’aquesta manera, descobrim la història de David, un català que porta una botiga de vins i a qui se li acaba de suïcidar la parella (Midori) i de Ryu, una misteriosa jove que tenía veintiocho años pero algunos días parecía tener catorce.

Ryu treballa a la tumultuosa llotja de Tokio i és fan dels mochi (una mena de pastissets d’arròs) de maduixa. La gent que l’envolta ignora que en realitat és una assassina a sou a qui el pare de Midori ha contractat per matar David.

De la mà de Coixet descobrim els desitjos escrits a les tauletes del temple de Komagome, l’atmosfera dels sòrdids i discrets love hotels (ideals pels amors furtius), l’addictiu joc del pachinko (una mena de pinball, del que cada dia es canvia el recorregut), els restaurants on el menjar se serveix sobre dones nues… Una lectura força recomanable per viatjar al Japó aquest estiu sense sortir de casa.

Si voleu fullejar-lo, només heu de prémer aquest enllaç per esbrinar on es troba.

Amapolas y mariposas, 1890 —Vincent Van Gogh—

Amapolas y mariposas, 1890 —Vincent Van Gogh—

Existe una leyenda franciscana que puede explicar mejor lo que apunta la comparación de las imágenes teresiana y kafkiana de la metamorfosis animal: se cuenta que tres mariposas amigas querían conocer qué era el fuego. Cierto día vieron un resplandor. La curiosidad de conocer qué era aquello que sin serlo brillaba como el sol les hizo acercarse. La primera se acercó y volvió deslumbrada: «No he podido saber qué era porque me ha cegado y no quiero perder los ojos». La segunda se acercó tanto que casi se le queman las alas. Volvió y dijo a sus amigas que renunciaba a saber qué era el fuego porque no quería perder las alas. La tercera se acercó tanto que, atrapada por las llamas, ardió con ellas. Durante unos segundos, de modo casi imperceptible, la luz del fuego brilló con más intensidad. Sólo ésta supo qué era el fuego; las otras comprendieron que, para ser fuego, hay que fundirse con él.

Kafka y el holocausto

Álvaro de la Rica.

The Fox Hunt, 1893 —Winslow Homer—

The Fox Hunt, 1893 —Winslow Homer—

Zorro y uvas
(Serie: AESOPUS EMENDATUS)
Ambrose Bierce

Un Zorro, viendo unas uvas agrias colgando a una pulgada de su nariz, no queriendo admitir que había algo que no comiera, declaró solemnemente que estaban fuera de su alcance.

La máquina de En la colonia penitenciaria, reconstruida en los Talleres Loeb S.A. de Berna (Werner Huch, construcción; Paul Gysin, pintor)

La máquina de En la colonia penitenciaria, reconstruida en los Talleres Loeb S.A. de Berna (Werner Huch, construcción; Paul Gysin, pintor)

-¿Comprende el funcionamiento? La Rastra comienza a escribir; cuando termina el primer borrador de la inscripción en el dorso del individuo, la capa de algodón gira y hace girar el cuerpo lentamente sobre un costado pera dar más lugar a la Rastra. Al mismo tiempo, las partes ya escritas se apoyan sobre el algodón, que gracias a su preparación especial contiene la emisión de sangre y prepara la superficie para seguir profundizando la inscripción. Luego, a medida que el cuerpo sigue girando, estos dientes del borde de la Rastra arrancan el algodón de las heridas, lo arrojan al hoyo, y la Rastra puede proseguir su labor. Así sigue inscribiendo, cada vez más hondo, las doce horas. Durante las primeras seis horas, el condenado se mantiene casi tan vivo como al principio, sólo sufre dolores. Después de dos horas, se le quita la mordaza de fieltro, porque ya no tiene fuerzas para gritar. Aquí, en este recipiente calentado eléctricamente, junto a la cabecera de la Cama, se vierte pulpa caliente de arroz, para que el hombre se alimente, si así lo desea, lamiéndola con la lengua. Ninguno desdeña esta oportunidad. No sé de ninguno, y mi experiencia es vasta. Sólo después de seis horas desaparece todo deseo de comer. Generalmente me arrodillo aquí, en ese momento, y observo el fenómeno. El hombre no traga casi nunca el último bocado, sólo lo hace girar en la boca, y lo escupe en el hoyo. Entonces tengo que agacharme, porque si no me escupiría en la cara. ¡Qué tranquilo se queda el hombre después de la sexta hora! Hasta el más estólido comienza a comprender. La comprensión se inicia en torno de los ojos. Desde allí se expande. En ese momento uno desearía colocarse con él bajo la Rastra. Ya no ocurre más nada; el hombre comienza solamente a descifrar la inscripción, estira los labios hacia afuera, como si escuchara. Usted ya ha visto que no es fácil descifrar la inscripción con los ojos; pero nuestro hombre la descifra con sus heridas. Realmente, cuesta mucho trabajo; necesita seis horas por lo menos. Pero ya la Rastra lo ha atravesado completamente y lo arroja en el hoyo, donde cae en medio de la sangre y el agua y el algodón. La sentencia se ha cumplido, y nosotros, yo y el soldado, lo enterramos.

Fi

Augusto Monterroso

Augusto Monterroso

Imagino amb horror els titulars que, per narrar la mort d’Augusto Monterroso, trauran els diaris de mig món (Guatemala, Mèxic i Espanya inclosos), amb paràfrasis tremebundes: «Quan es va morir, el dinosaure encara hi era» o «El dinosaure està de dol». (Això del dinosaure donarà molt de joc, ja ho veuran). Tot i que d’altres provaran de mostrar un ventall més ampli. ¿Hi haurà qui tituli «Obres completes  (i cap conte més)»? ¿I «Immobilitat perpètua»? És la part fotuda dels escriptors i dels cantants, que quan es moren tothom té el coratge de jugar amb els seus títols.

Monterroso va saber fer un art de la claredat i la falta d’impostura. Va deixar escrit: «Fujo de les metàfores: només als escriptors dolents els fan feliços». Monterroso i Juan José Arreola van ser, durant la meva adolescència, els dos mestres d’aquella immensitat que comença sent el sud de l’Amèrica del Nord per acabar estreta i centreamericana. Tots dos compartien la il·lusió pels malabarismes lingüístics i la literatura com un joc profund per divertir. Cada cop que veia un nou títol de Monterroso a les llibreries el comprava amb devoció i, sovint, quan el llegia descobria que es tractava d’un llibre ja publicat abans, o de la suma de dos o tres altres llibres, amb el contes reordenats i algun de menys. No sé si va ser alguna frase seva llegida en una entrevista o l’experiència personal el que aviat em va fer arribar a la convicció que, cada cop que Monterroso reeditava un llibre, el llibre era més prim, amb menys pàgines. Com si, per comptes d’escriure cada cop més, busqués esborrar fins i tot allò que havia escrit abans, en una ànsia de perfecció que només satisfà el silenci.

Esplendor i glòria de la Internacional Papanates

Quim Monzó