Patricia Muñiz

 

El anciano estaba apoyado en una esquina, bajo un reloj de pared que siempre marcaba la hora justa. Nunca adelantaba o retrasaba, por eso yo lo utilizaba para poner en hora el mío, que iba un tanto a la suya.

 

-¿Me das un cigarro?- me preguntó frunciendo el ceño.

-Pues claro – contesté. Y el abuelo se frotó las manos, ansioso.

 

 Rebusqué en el bolsillo de la chaqueta y saqué un cigarrillo un poco arrugado. Él lo cogió y se encogió de hombros, como escondiéndose.

 

-Fuego. ¿Tienes fuego?- preguntó nervioso.

-Tranquilo, también tengo fuego.

Extendí el encendedor y le di lumbre.

 

Entonces me vio mi madre y me recriminó por haber dado un cigarro a ese anciano enfermo.

 

-No le estás haciendo ningún favor. – Dijo.

-Por uno no le va a pasar nada. Contesté.

-Alex, es uno cada vez que vienes y ese hombre se va a morir por fumar. – añadió ella.

-Todos nos vamos a morir.

-Sí, pero si no dejas ese asqueroso vicio te morirás antes tú, y sobre tu conciencia caerá la muerte de este señor.

 

El anciano hacía oídos sordos a las palabras de mi madre y daba profundas caladas placenteras al cigarro. Luego me miró con cara de complicidad y me dijo por lo bajini:

 

-Para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

 

Y yo reí con disimulo.

 

-No te quedes aquí Alex, vamos a ver a los abuelos. – dijo mi madre con autoridad.

 

Así que me despedí del anciano y él siguió fumando cara a la pared, para que las enfermeras no le pillaran.

 

Salimos del vestíbulo y nos dirigimos a la sala donde esperaban mis abuelos. Por el camino nos parábamos s saludar a todo el mundo. Como íbamos todas las semanas nos conocían bien.

 

Los villancicos que sonaban en el hilo musical daban un aire infantil a esa residencia de ancianos.  En el salón de las visitas había un enorme árbol de Navidad lleno de luces que se encendían y apagaban y de las paredes colgaban guirnaldas y calcetines de colores.

 

Había más visitas de lo habitual y los ancianos sonreían complacidos por tanta compañía. Casi todos querían hacerse una foto con sus familiares al lado del árbol, excepto la señora María, la más gruñona de las ancianas.

 

-Feliz Navidad, señora María. ¿Va todo bien?

-Ni bien ni mal,  como siempre. Aquí nunca pasa nada.

-No diga eso. Han decorado la casa  y viene un montón de gente a verles.

-No es para tanto. El problema es que esto está lleno de viejos. Y tú qué tal chaval, ¿Cuándo te vas a cortar el pelo?

-Todavía no lo llevo mal.

-Pareces una niña, ¿Ya le gusta a tu novia?

-No lo sé, no tengo novia.

-Lo que yo te diga. Con esas pintas no le vas a gustar a ninguna. ¿No ves que estás flaco como un fideo y que esa ropa tan ancha no te queda bien?

-María, yo no tengo ningún problema para conseguir chicas, lo que pasa es que no quiero liarme. Tener novia es muy pesado.

-Eso lo dices ahora, pero ya verás cuando te enganchen, ya verás.

 

-¡Eh tú! – gritó dirigiéndose a uno de los ancianos. -No cambies el canal de la tele, que estamos viendo el culebrón.

 

Ninguno de los ancianos que miraban el televisor parecía haberse dado cuenta del cambio de canal, aún así el hombre volvió a cambiar de programa porque todos siempre hacían caso a la señora María. Era la que ponía las normas,  le gustaba mandar y lo hacía con energía y decisión. Estaba hecha una sargento.

 

La señora María era soltera y decidió ingresar en la residencia un día que resbaló en el suelo de su casa y se rompió la pierna. Me había explicado que pasó toda la noche estirada en el suelo sin que nadie pudiera socorrerla. Entonces decidió que el dinero que había ahorrado lo gastaría en una residencia donde le pudieran dar las atenciones que necesitaba. Sus sobrinos la iban a visitar de tanto en tanto y ella decía que sólo lo hacía porque les había nombrado  herederos. De todas formas, se lo estaba gastando todo en pagar la residencia y, a veces  con recochineo, decía que cuando se muriese, le gustaría ver la cara que pondrían sus familiares al ver que no les había quedado nada.

 

Sea por los motivos que fueran, habían ido a visitarla y querían hacerse la foto de Navidad.

– A mi me hacéis la foto al lado del Belén, que es lo tradicional, lo de toda la vida. No sé porqué están todos tan encaprichados con el árbol.

 

Como no aceptaba un no, sus familiares tuvieron que salir al vestíbulo para hacerse la foto al lado del Belén, y la señora María dejó el mando de la tele a su amiga, la señora Consuelo.

-Enseguida vuelvo, Consuelo, vigila que este viejo no vuelva a cambiar el canal.

-No, no. – Dijo Consuelo agarrando con fuerza el mando a distancia. La pobre nunca rechistaba a María, en realidad  el canal de la tele le daba igual, ese chisme sólo servía para que las horas pasaran de forma más disimulada.

 

Acerqué mi boca a su mejilla y le dije:

-Un beso María, me voy a ver a mis abuelos.

-Adiós majo. – Contestó ella.

 

En la otra sala mi madre ya se había reunido con ellos. Besé a la abuela y le di la mano al abuelo.

-¿Cómo va todo?- Me preguntó.

-Bien. ¿Y la abuela como está?

-Ya lo ves. Preciosa como siempre.

 

Llevaba una bata de color rosa que le daba un aire de inocencia. Nos miraba y sonreía, aunque no pudiera hablar, porque se había olvidado de cómo se hacía. El fondo de sus ojos reflejaba felicidad y aunque no sabíamos si nos reconocía o si sólo agradecía nuestra presencia de forma instintiva, nos agradaba ver una sonrisa en sus labios.

 

Le cogí las manos en las que las venas azuladas marcaban caminos serpenteantes. Su piel se había vuelto arrugada y transparente, como un papel de fumar olvidado en el bolsillo del pantalón, pero sus ojos entelados  sonreían. Se veía feliz.

 

-Abuelita, ha llegado la Navidad. Tienes que portarte bien si no quieres que te traigan carbón.

-A ti sí que te van a traer carbón.- Dijo mi madre y dirigiéndose al abuelo prosiguió.

-No sabes las notas que ha traído este trimestre. Un auténtico desastre. No se que voy a hacer con este chico.

-Alex, ¿No te da vergüenza disgustar a tu madre?

-No lo hago a propósito, es que la química no me entra. No se lo que pasa.

-Éste solo tiene química con sus amigotes. En el instituto, ni química, ni física, ni matemáticas, ni….

-Bueno, bueno, no hace falta que sigas. Supongo que necesitará alguna motivación. He visto en una tienda una consola con unos juegos que parecen bastante divertidos.

-¿Una consola?

-Sí, pero primero tienes que entenderte bien con la química y lo que haga falta.

-¡Puf! No sé si podré.

-El próximo trimestre me enseñas las notas a mí.

-Pero abuelo, es que he suspendido cuatro, no sé si podré con todas. ¿Lo podemos dejar en aprobar tres?

-Si apruebas esas tres asignaturas la consola será tuya y ahora vamos a tomar el aire, la tele hace un ruido ensordecedor. Estos viejos están sordos. Vamos a  un sitio tranquilo a tomar algo que tenga sabor.

 

Nos levantamos y esperamos a que mi abuelo se pusiera  el abrigo. Recorrí la sala con la mirada  y entonces noté el vacío. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver las sillas amontonadas de aquel rincón. Nos encontrábamos con esa familia cada domingo, siempre se sentaban  al lado de la calefacción, por que el Señor Planas era muy friolero.  Donde antes las sillas se disponían  formando un círculo a su  alrededor, ahora imperaba un orden gélido.

 

-¿Le ha pasado algo al Señor Planas?

El abuelo miró con expresión de tristeza.

-Murió el jueves pasado. Cogió un catarro, se lo llevaron al hospital y de ahí no regresó.

-Pobre hombre.

-En fin, así acabaremos todos. Unos más tarde que otros. Esa es la única diferencia.

 

Nos despedimos de la abuela y nos dirigimos a la salida. Pasamos por delante de la  cocina bulliciosa, donde preparaban viandas navideñas sin sal ni azúcar. Un festín desangelado en sabor  pero compensado en decoración.

 

-No sabes cómo me acuerdo del caldo de Navidad que preparaba la abuela cuando estaba bien. –dijo el abuelo.

-Yo me acuerdo más de los canelones.-dije yo. –Mamá los compra preparados.

 

El abuelo asombrado se dirigió a mi madre:

-¿Eso haces?

-No tengo tiempo, ¿Qué voy a hacer? Yo no puedo pasarme dos días cocinando y además llevar la tienda. La cuestión es celebrarlo ¿No?

 

Los tres nos miramos y sonreímos.

 

Todo había cambiado mucho desde que la abuela se puso mala y en cuestión de organización, nosotros no le llegábamos a la suela del zapato.

 

-¿Te acuerdas cómo se las apañaba para que siempre pudiéramos celebrar las navidades juntos?

-Había años en los que no teníamos ni un duro, y sin embargo, ella siempre conseguía hacer algo especial. Era auténtica magia.

 

Pobre abuela. Empezó volviéndose olvidadiza, confundía los nombres de sus hijos y hacía cosas un poco raras, como guardar la ropa en la nevera o confundir las fichas del parchís con caramelos. Achacábamos esos olvidos a la edad, pero el abuelo se dio cuenta de que era algo más grave. Fue él quien la llevó a que le hicieran un reconocimiento y quien nos dio la noticia de que padecía Alzheimer. ¡Qué enfermedad más cruel! Poco a poco fue olvidándolo todo, cada vez se volvía más dependiente. ¡Con lo que había sido ella! Una mujer poderosa, luminosa y envidiada.

De joven fue la más bella. En la madurez, una mujer centrada y luchadora. De mayor,  una gran abuela  a la que no le faltaba la compañía de los suyos.

 

Ya en la salida, nos volvimos a cruzar con la Sra. María y su familia. Dos enfermeros que llevaban una camilla nos pidieron que nos apartásemos para dejar paso. Sacaban a un anciano que tenía la piel fina y membranosa.

No pude evitar soltar un lacónico “pobrecillo” ante el cual la señora María reaccionó diciendo.

-Qué pobrecillo ni que leches. A este ya le toca palmarla. Tiene ciento siete años. Fíjate, nació en el siglo XIX y se morirá en el XXI, habrá pasado por tres siglos ¿No te parece que es demasiado? A mi no me gustaría  vivir tanto tiempo. Lo bueno se disfruta de joven, ser viejo durante tantos años no vale la pena. 


En la calle iluminada por miles de bombillas, todo el mundo parecía dispuesto a gastar dinero. La gente se agolpaba frente a los escaparates de las tiendas, en las que sonaban los mismos villancicos que en la residencia. Paseaban sujetando las bolsas de las  compras y seguían buscando algo más en lo que acabar de gastar el dinero que quemaba en sus bolsillos.

 

Llegamos a la cafetería que habían decorado con las guirnaldas plateadas de cada año. En la estantería de las bebidas, un gran cartel mostraba el número del décimo de Navidad que vendía el bar. Estaban retransmitiendo un partido de fútbol y  los clientes miraban embobados el televisor. Nosotros nos sentamos en una mesa desde la que no podía verse el partido, pedimos una buena merienda y seguimos con nuestra conversación.

 

 -¿Sabes lo bueno del caso?- Dijo el abuelo.- Que todavía la envidian. Ese ha sido el destino de mi  Paquita, ser una mujer envidiada, en todas las etapas de la vida.

 

Recordé que aunque mi abuela siempre daba de qué hablar nunca había parecido importarle. Decía que la gente cotilleaba porque estaban poco ocupados.

 

-Y ahora la envidian porque estoy siempre a su lado. Algunos se pitorrean cuando ven que le trituro la comida y la ayudo a tragar. Ya no puede hacer ni eso. Sola se ahogaría.

Pero yo lo hago con gusto. No podría ser de otra manera. Lo que esta mujer me ha dado no podré pagarlo en la vida. Me ha dado la felicidad.

 

-¡GOOOOOOOOOL!- Gritó al unísono la clientela del bar. –¡GOOOOOOOOL!- gritó el más forofo de los hombres que salió a la calle para que todo el mundo se enterase de que su equipo había marcado un gol.

 

 El ambiente se animó, pidieron nuevas consumiciones que el camarero sirvió con alegría. Encendieron nuevos cigarrillos y el ambiente del local se fue cargando de humo que difuminaba el rostro de mi abuelo, ocultando sus arrugas y dándole cierta aureola mística. Con este distanciamiento involuntario, miré la cara del hombre al que había idealizado por su actitud ante la vida.

 

 

Cuando regresamos a la residencia,  las visitas ya se habían ido y los ancianos, encogidos en las butacas de mimbre se veían empequeñecidos. Se quejaban de sus dolores, decían que era por el esfuerzo que habían hecho al estar con sus familias, pero lo cierto es que las pocas fuerzas que tenían se escapaban por el agujero de la soledad.

 

Nos despedimos de los abuelos y luego del resto de inquilinos de aquel hogar. Les dejamos en el salón, mirando la tele que seguía a las órdenes de la señora María. En la sala de estar mi madre me agarró fuerte de la mano y suspiró:

 

– Tu abuelo es un superheroe.

– Sí, y está lleno de sorpresas.- Respondí.

– No existe nadie como él.  ¿Qué otra persona lo habría dejado todo para ingresar en una residencia? Y sólo para estar, hasta el último día, cuidando de su AMOR.

 

Salimos a la calle y el reloj de la pared siguió marcando el paso inexorable del tiempo.

 

 

® Olivia Güell

 

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2 comentaris on UNA PEQUEÑA HISTORIA CON MAYÚSCULAS

  1. Magda escrigué:

    Precioso relato Patricia, que nos acerca a la Navidad, y entrañables los personajes.

    🙂

  2. Aliana escrigué:

    Pues en principio no hay esadnatr de 8,9 para este tipo de minitablets se puede optar por la solucion de comprar uno mas grande y adaptarlo a la medida el filtro debe de influir en mayor o menor medida sobre el brillo y calidad de la pantalla dependiendo de la calidad de ese filtro. Respecto a la respuesta te1ctil no creo que se vea muy afectada al trabajar en modo pasivo.Segfan tengo entendido en todoumpc.com aun no los tienen pero los traeran proximamente

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