A. Revet Fosch
El terror de Boxman, cuando se dió cuenta de que los indígenas no tenían intención de matarle sino de capturarle vivo fué tal, que le recorrió el espinazo un escalofrío jamás experimentado.
No tenían intención de matarle… por de pronto. Querían apresarle, cogerle vivo. Y concibió lo que esto significaría.
Couzens maldecía, exasperado; increpó a su socio y disparó dos tiros. Pero, si esperaba detener la avalancha, se equivocó.
Los negros se detuvieron cuando lo indicó “Le Sorcier”, que corría delante de ellos gesticulando, animándoles y ordenándoles. Había desencadenado la tempestad, pero deseaba dirigirla. La furia de los indígenas podría perjudicar a Rowley, y, por otra parte la rabia de Boxman y Couzens, armados de rifles de repetición al igual que los árabes, podría causar bajas en las filas de los negros.
Couzens menos desconcertado que Boxman ante el ataque de los indígenas, sospechó el motivo del mismo y adivinó la mano del hombre que lo había fraguado.
- ¡Oiga, Rowley! -gritó-. Su compañero tiene la culpa de todo ésto y va usted a decir a esa gente que no cometan ninguna estupidez. O de lo contrario, usted será el primero en lamentar lo que ocurra. Estoy decidido a usar los rifles, caiga quien caiga… Aunque tenga que despilfarrar toda la munición que llevo encima.
- No van a hacerme caso -contestó Rowley.
Couzens sin desatarle, le obligó a ponerse en pie.
- ¡Si se lo harán! ¡Prevéngales o le despacho a usted primero!
- ¡Hágalo, Couzens! ¡Y le advierto que se divertirá en seguida! ¡Los negros le descuartizarán!
- ¡Al diablo! ¡Ya veremos quién sobrevive a quién!
- No tengo nada que decirles a los negros -manifestó, tras pensarlo un instante, el joven-, a menos que ustedes acepten mis dos condiciones.
- ¡Maldito sea! -aulló el surafricano.
- ¿Cuáles? -demandó Boxman, rojo su semblante por la exaltación.
- Quiero hablar con la muchacha. A ella se las propondré.
- ¡No! -exclamó Couzens; pero su compañero no fué del mismo parecer.
- ¡Pronto! ¡Hable con ella! Pero, ¡cuidado con lo que se haga!
- ¿Qué creen que puedo hacer atado de brazos?
- ¡Si los negros nos atacan, usted caerá el primero! -prevínole de nuevo el surafricano.
Rowley anduvo hasta la joven, la cual, armada de un rifle, se acercaba a sus socios habiendo oído posiblemente la discusión.
- Es preciso que me haga usted caso -la dijo él, apremiante-. Escúcheme: Tanto como si me ocurre a mi algo desagradable o no, sus compañeros y usted misma están en situación apurada. Se lo aseguro. Ellos la han engañado. ¡Créame usted! A su padre no le asesinó ningún agente; desde luego, Holmes no fué. Y no hay otro excepto yo, a centenares de millas de aquí. Holmes fué asesinado por Boxman o Couzens… Lo atestigua que haya reconocido la moneda que yo llevaba y que perteneció a mi compañero. Y su padre de usted vivía cuando Holmes murió. Mienten cuando la aseguran que murió hace medio año. Holmes nos lo informó.
Muy pálida, la joven hizo un gesto despectivo.
- No le creo una sola palabra -dijo.
- ¡Por Dios! ¡Debe usted creerme! Digo la verdad, absolutamente la verdad.
- Ayúdeme usted -rogó Rowley-. La prometo que la ayudaré a mi vez. Es el viejo que me acompañaba, un auxiliar mío, el que ha levantado a los negros. Podremos escapar… y yo… yo me comprometo a salvarla; pero olvide a sus socios que no son más que asesinos…
- No, no le ayudaré -se negó ella en redondo.
- Se lo suplico -insistió Rowley, trémula la voz-. No quiera usted correr la suerte de ellos. Aunque logren escapar ahora, caerán después en manos del personal de Nairobi. Todo está previsto. ¡No podrán llegar a la costa! ¡Desáteme usted y yo la pondré a salvo!
- Es inútil -contestó ella, altiva y desdeñosa-. No le creo. ¿Pretende usted que yo crea que trata de salvarme? ¡Usted, un agente! ¿Por qué no se burla ahora de mí? ¡Soy Ufazijamwuki!… ¡Búrlese! -exclamó nerviosa y altanera a un tiempo.
Rowley guardó silencio por unos momentos. Sacudió la cabeza y murmuró:
- Siendo así… si no me cree, allá usted. Yo sólo pensaba en salvarla; en librarla del castigo que la impondrán cuando la detengan. Porque, a pesar de todo, nunca la creí con ellos. Son reos de asesinato; y usted les defiende. Veo que me he equivocado.
Volvióse hacia Boxman y Couzens, unos metros alejados y atentos al movimiento del enemigo, difícil de percibir en la oscuridad.
- ¡Qué, Rowley! -dijo Boxman-. ¿Cuáles son sus condiciones?
- Hagan de mí lo que quieran -contestó el interpelado-. No tengo ninguna condición que hacerles.
En las pupilas de Couzens fulguró un centelleo de malicia.
- ¿No piensa hablar a esa gentuza? -inquirió, sorprendido.
- No. No me importa lo que me suceda. Ustedes procuren salvarse… por el momento. Carguen si quieren con otro asesinato… ¡no me sobrevivirán por mucho tiempo!
Boxman, que vigilaba las sombras movedizas que pululaban un centenar de metros lejos, volvióse, y dijo:
- ¡En cuanto avancen un paso más esos malditos, le saltaré la tapa de los sesos, Rowley!
***
Lo que ocurrió, cogió por completo desprevenidos a los traficantes. Los musulmanes fueron los primeros en advertirlo y, Giusseppe, lanzó un grito de aviso; pero llegó tarde la advertencia.
Una docena de negros al frente de los cuales iba el propio “Le Sorcier” todavía pintarrajeado, burló la estrategia sencilla de Couzens. Los indígenas, armados de lanzas y azagayas, surgieron de las hierbas, a espaldas de los traficantes procediendo con suma agilidad y rapidez. En un abrir y cerrar de ojos estuvieron dentro del área iluminada por la hoguera, profiriendo agudos gritos de guerra.
Los árabes dispararon sus armas sin precisar la puntería. Boxman y Couzens, concibiendo exageradamente el número de los asaltantes, lanzaron terribles maldiciones. El surafricano fué el primero en utilizar su rifle; pero no contra Rowley, no menos sorprendido, sino eligiendo por blanco a uno de los indígenas tan repentinamente aparecidos. Sonó el disparo y el negro cayó herido. Mas, antes de que el traficante pudiera repetir el tiro, dos indígenas arrojáronse sobre él. Rowley le vió doblarse de rodillas bajo el ímpetu del ataque y oyó el alarido desgarrador que lanzó el rufián.
Vió también a Boxman precipitarse hacia la oscuridad y comprendiendo que trataba de escapar, el joven le gritó a “Le Sorcier” que corriese a evitarlo. El “mago” saludó a Rowley con un aullido de triunfo y rápidamente vociferó una serie de órdenes a los indígenas. Otros muchos habían aparecido. Tantos que Rowley no pudo ya distinguir a los musulmanes que caían heridos. Dos o tres intentaban la huída.
Buscando a la joven con ánimo de protegerla, la encontró en el momento mismo que Giusseppe, empeñado en la lucha desigual, sucumbía puede decirse que heroicamente. El infeliz había disparado contra los indígenas y éstos, exasperados, cayeron sobre él acribillándole.
Josie Dugan había perdido toda su entereza, abrumada por el sangriento espectáculo; y cuando Rowley la mandó que cortara las ligaduras que le impedían el uso de sus brazos, ella obedeció silenciosamente.
- No es eso -dijo él, refiriéndose a lo que sucedía en el campamento- lo que yo deseaba que ocurriese; pero, su terquedad me ha impedido evitarlo. De todos modos, se lo tenían merecido. Espero que Boxman no haya podido escapar…
Ella no le contestó y comprendió Rowley que sentía dolorosamente la muerte de sus compañeros, indudablemente convencida de que no eran tan malos como el joven había intentado hacerla creer.
***
Couzens perdía la vida por minutos.
Al verle, débil, con su sonrisa irónica en los labios, pese al dolor que le causaban las heridas, Rowley se arrodilló a su lado y las examinó, por si podía hacer algo por él.
- Déjeme. No necesito nada -masuclló el moribundo-. Estoy listo.
Y después de una larga pausa, añadió:
- ¡Ha sido horrible! ¡Malditos negros! Me han despellejado. No me dieron ni tiempo para encararme el rifle…
- Ha sido peor de lo que yo esperaba -confesó Rowley-. No pude intervenir…
- ¡Bah! ¡Mucho peor hubiera sido la horca que usted nos prometía!
- Giusseppe también cayó… -dijo Rowley.
- ¿Ha muerto?
- Sí.
- ¿Ha escapado Boxman?
Rowley afirmó y Couzens esbozó una sonrisita débil y sardónica.
- Lo sabía -murmuró-. Le adiviné la intención cuando le vi retroceder. No sé si alegrarme… Creo que no le será fácil escapar. Supongo que habrá usted tomado todas las precauciones, ¿no? Ya. Y le ahorcarán. De buena me he librado… La cuerda siempre me ha repugnado…
Rowley no sabía si admirar la ironía y la calma de que daba muestras el miserable.
Couzens preguntó, observando el cejo fruncido del joven:
- ¿Qué hará usted con la muchacha? ¿La entregará?
Le molestó a Rowley la penetración intuitiva del surafricano.
- Seguramente -contestó; y en verdad no estaba todavía muy seguro de lo que haría. De súbito formuló la pregunta que más le interesaba:
- Couzens: quiero que me diga quien mató al agente Holmes.
- Tenía usted razón -murmuró el traficante-. Al pobre lo enterramos al Este de Miti-Miwili…
- ¿Quién le asesinó? -demandó con dureza Rowley.
- ¿Qué más da? -dijo-. Boxman o yo… ¿Qué importa ya?
- ¿Quién fué? -insistió Rowley.
- Bueno; si se empeña… Creo que no le perjudico. Fué Box. Descubrimos que rastreaba nuestro camino. Le tendimos una celada… Realmente ignorábamos que se trataba de un agente… Boxman le disparó.
Rowley permaneció silencioso después de escuchar la confesión de Couzens. Fué éste mismo quien le recordó el otro asunto.
- Yo despaché al viejo Dugan, Rowley. Se lo digo porque tal vez le convenga saberlo… A mí ya nada pueden hacerme ustedes. Acaeció luego de enterrar a su compañero Holmes…
- ¿Por qué le asesinaron? -inquirió Rowley, admirado del cinismo del traficante.
- Nos estorbaba. El viejo se asustó. El negocio del “ébano” le desagradó. El deseaba recoger otra mercancía… y pasar una larga temporada lejos de la costa. Había tenido un encuentro con la policía… Y cuando descubrió lo nuestro, se desdijo… Y yo le disparé.
- ¿Y cómo es que está su hija aquí?
- Fué asunto de Box. Sospecho que la había puesto los ojos encima, anteriormente a las “razzias”… La escribió. Ella estaba en Mombaza. El viejo apenas la escribía. Boxman se enteró de todo eso y la engañamos contándole una historia a cargo de su compañero Holmes… Es una muchacha valiente. Hízose respetar siempre… Tiraba muy bien con el rifle. Y nos ayudó, llevando las partidas de los negros a la costa. De ella nadie podía sospechar…
Y añadió Couzens, cada vez más frágil su voz:
- Su obsesión era atrapar al agente Holmes y vengarse… Estimaba mucho a su padre y su muerte la endureció. Creo que ella jamás hubiese aceptado el trabajo que la dimos de no mediar ese propósito de vengar la muerte del viejo… Bueno, Rowley. Ahora ya está enterado -sonrióse irónicamente-. Estoy listo para el gran viaje… Siento acabarme… Me… duelen mucho estas condenadas heridas… ¡Ah! ¡Si hubiese podido despellejar a los negros con el látigo!… Pero, ha ganado usted la partida! ¡Condenado Box! Le previne, la noche aquella que nos encontramos… El truco de la hoguera no me hizo gracia. Siempre he desconfiado de los hombres que se muestran inexpertos y tontos… Se lo dije a él.
- No hable -le recomendó Rowley-. Se debilita esforzándose…
- ¡Bah! ¡Unos minutos más…!
Rowley pensó llamar a la joven para que oyera la verdad sobre la muerte de su padre. Se levantó y viéndole, Couzens, dijo balbuciente:
- No se vaya… Espere… Le diré… porque Ibsaín se alegró de… vernos.
- Voy a traer a la muchacha -dijo Rowley-. Le repetirá usted lo que acaba de confesarme.
- No se vaya… Un momento… no quiero estar solo… Los negros… siempre… siempre… han… han… -balbuceó Couzens.
Empapado de sangre, lívido el semblante, hundidas las cuencas de los ojos, entreabierta la boca enseñando los afilados dientes de rata, dejó escapar un susurro de agonía que bien pudo ser una postrera maldición; y acabó cerrando los ojos.
Rowley le tomó una mano y comprobó que había muerto.
“Le Sorcier” se acercaba. Iba limpio de todo tatuaje y pintura, con la bolsa de los amuletos pendiente del hombro.
En el poblado, los negros acababan la danza destinada a disipar la ira de los espíritus. Vestigios de la pasada tempestad eran los cadáveres de los musulmanes y los de Giusseppe y Couzens. Los indígenas únicamente habían tenido cinco heridos leves.
Sola, delante de la tienda, fatigada y rendida por la violencia de los acontecimientos y las emociones, Josefina Dugan ni oía ni veía nada. En sus ojos había lágrimas, de dolor y de odio. Rowley dióse cuenta.
- No es todavía suficiente -díjose-. Será terrible, pero no tanto como lo sería lo otro. ¡Ojalá no me equivoque!
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