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Para otros hombres de índole distinta a la de Boxman y Couzens, aquella noche, aun transcurriéndola en medio de una comarda solamente poblada por indígenas poco menos que salvajes y animales feroces, hubiera sido agradablemente acogida. Porque mejor tiempo que el que hacía y mayor tranquilidad de la que se disfrutaba, en un claro de luna espléndido, no era posible desear.

Y, sin embargo, ni Boxman, ni Couzens la disfrutaban, silenciosamente sentados en torno a la hoguera del campamento. Pesaban en ellos los últimos acontecimientos; torturábales la conciencia, alarmábales la misma quietud fantasmagórica de la llanura, precocupábales la incertidumbre del mañana, y, por encima de todo, inquietábales la evidencia de haber andado engañados, durante muchas jornadas, por un hombre al que habían aceptado como socio para una ilusoria aventura  y que, en realidad, era auténtico agente de una Ley que ellos burlaban y temían a la vez.

La joven se había retirado temprano. Los barundis, ajenos en absoluto a lo sucedido, dormían. Los musulmantes, tras infructuosas pesquisas, habían desistido de hallar al viejo guía, y t urnábanse en la guardia del campamento. Giusseppe, mohino y atiborrado de pensamientos inquietantes, cuidaba de la hoguera. Boxman y Couzens, sombríos, sentados cerca del fuego con los rifles al alcance de su mano, dialogaban quedamente. Y era Rowley, de todos ellos, a pesar de su precaria situación, doloridos sus brazos atados, el que menos parecía sentirse afectado por lo acaecido. Y, desde luego, no es que no estuviese preocupado. Pero aceptaba el cambio sufrido.

¿Qué otra cosa podía hacer?, y consideraba con calma los hechos, ahuyentando el sueño y muy alerta, porque no todas las posibilidades se habían extinguido.

“Le Sorcier” no debe andar muy lejos, pensaba.

A media noche, cuando la quietud era más completa, sobrevino lo insospechado. Un rumor de voces mezclado con el peculiar tañido rítmico de un tambor indígena, rompió el silencio.

Los dos traficantes se levantaron, sobresaltados, y su nerviosismo paró en conmoción al oir la algarabía que se producía en el poblado.

Giusseppe, pálido y tembloroso, también la escuchó. E igualmente debió oírla la joven por cuanto asomó la cabeza por la abertura de entrada a la tienda.

Los gritos y voces en concierto que dominaba el tam-tam incesante, repercutían en la noche con hálito de presagioso terror.

Los jovenzuelos barundis se despertaron con la agitación propia de quien de súbito oye la llamada secular, misteriosa y apasionada, de los hombres de su raza. Y a ellos no les fué extraño el clamor porque el tam-tam incitaba a la lucha, en devoción fanática y supersticiosa; y eran, como los de la aldea, negros bantús y, tanto o más que ellos, respetaban y creían los fenómenos de la naturaleza, atribuyéndolos a mágicas intervenciones de espíritus de ilustres antepasados.

Boxman, rifle en mano, andaba de un lado para otro profiriendo maldiciones.

- ¿Qué diablos ocurre? -insistía en preguntar, hecho una fiera.

Couzens, restallando el látigo, trataba de imponer obediencia a los barundis sobreexcitados por la extraña baraúnda. Y, muy desasosegados, los musulmanes esgrimían las armas sin saber, no obstante qué hacer.

Vieron, todos, el resplandor de una antorcha gigantesca que se alzaba a un centenar de metros de la aldea. Cuando más crecía el desconcierto mayor era la furia de Boxman y la alarma de los árabes; e incapaz el surafricano de dominar la exaltación de los muchachos barundis.

Lo cierto era que nadie tenía idea de la causa de tanta alarma. Nadie a excepción, quizá, de Rowley.

Viendo a sus aprehensores tomar cuantas medidas de precaucion se les ocurrían y oyendo, no sin emoción, la algarabía de los indígenas del poblado, a deshora para no suponerla obra de un suceso providencial, el joven fué el único en el angustiado campamento que concibió, sino exactamente, si muy aproximada la verdad de lo que estaba sucediendo.

No le cupo duda alguna de que “Le Sorcier rouge”, fiel a su compromiso, actuaba en forma propicia y efectiva para salvarle. Lo que con exactitud desconocía Rowley era la táctica que empleaba el auxiliar del Servicio Colonial para conseguir su objetivo. De haberla sabido, se hubiera admirado. Y eso que el astuto “mago” no hacía sino repetir una de sus habituales artimañas.

***

Muy entrada era ya la noche cuando “Le Sorcier” apareció en la aldea.

Abandonando el disfraz de viejo andrajoso, el negro se había embadurnado el cuerpo con arcilla roja, ostentando en los miembros rayas de color negro y blanco, paralelas. El rostro y el cabello los frotó con una materia fosforescente que, en la oscuridad, dábale un aspecto diabólico.

Muy a la ligera esbozó su plan que debía realizar antes de que amaneciera. Satisfecho del mismo, comenzó a ponerlo en práctica con un preparativo que le entretuvo media hora, encaramado en las ramas, desnudas de hojas, de un árbol muerto y seco que se levantaba escasamente a un centenar de metros de la valla de protección del “kraal”.

Luego, escondido tras de unos arbustos, se pintarrajeó, dejando oculta allí mismo, la bolsa que él llamaba de los amuletos. Y, ya dispuesto, se introdujo en el poblado, sigilosamente, para no ser advertido por los centinelas indígenas. Más que en el pavoroso efecto de su máscara, confiaba en la sorpresa.

Apareció en el calvero mayor de la aldea como llovido del cielo, saltando desde lo alto de la techumbre de una choza. Saltando, lanzó un alarido estridente y prolongado, que hubiera amedrentado a una manada de hienas.

Los pocos indígenas que le vieron, estupefactos, quedaron literalmente de piedra. Asustados, sorprendidos, terriblemente sorprendidos, cuando se rehicieron lanzaron un coro de aullidos que conmovió al poblado entero. La alarma precipitó fuera de las chozas a los que descansaban. Hombres, mujeres y niños salieron sobresaltados de sus viviendas; ni uno o una quedó por salir. Y, al susto motivado por los gritos, siguió el asombro y el espanto al ver la horripilante figura humana que se contorsionaba, dando quejumbrosas voces, en el centro del calvero.

“Le Sorcier” saltaba, bailaba y chillaba en loco compás. Le iluminaban un par de antorchas arrojadas al suelo y, su cuerpo pintarrajeado, se matizaba con el amarillento resplandor. Pero, era su cabeza, sus cabellos encrespados y fosforescentes, los que atraían como hechizadas por una fantástica alucinación, las despavoridas miradas de los indígenas.

Y “Le Sorcier” bailaba y chillaba, incesantemente. Para los negros, parecía realizar una danza que simbolizaba el sufrimiento de los espíritus, arrancados de sus escondites y, encolerizados, deseosos de castigar alguna ofensa hecha por la tribu.

De repente, el “mago” prorrumpió en otro alarido terrorífico y en cuatro saltos, llegó hasta uno de los tambores hincados en el suelo. Tambores tonantes, sagrados, a cuyos tañidos el clan celebraba las ceremonias mágicas, invocando a los espíritus de los antepasados. Sólo podían batirlos, hombres dotados de excepcionales poderes, como eran los brujos. Una selva de estremecidas voces acogió la inesperada acción del aparecido.

El espectro, agitando la cabeza de mortecina luz azulada y lívida, batió el tambor. Potente, despertando ecos que sobrecogieron a los indígienas, sonó el instrumento a los golpes del espíritu reencarnado… Porque apenas fué dado el primero de ellos, ni un solo indígena dudó de que estaba en presencia de un auténtico espíritu. ¿No era aquel compás rítmico, sincopado, el propio de la tribu cuando celebraba el rito de los muertos?

¡Oh, Nózambi, espíritu todopoderoso!

La tribu entera creyó en la aparición. Y cuando “Le Sorcier”, dejando de tañir el tambor, alzó los brazos y elevó la voz, en lengua del clan, reinó inmediatamente un silencio de muerte.

No es posible transcribir exacta la peroración del “mago”. Ni describir su voz. Sus dotes de ventrílocuo dejaron en pasmo al auditorio. Tan pronto oían al espíritu sobre sus cabezas como érales dable escucharle surgido de las chozas. La voz era móvil, unas veces cercana, otras venida de lejos; suave y tranquila o atronadora y soliviantada. Sugestionábales, obligándoles a reprimir la respiración. Hechizábales, trayéndoles al recuerdo fragmentos de historia…

Porque “Le Sorcier”, en fluidez verbal maravillosa, les habló de los espíritus que eran en las inmediaciones de las aldeas; del eden de los muertos de N’Zambi, el poderoso Kitwara, la Tribu Mayor que cubría territorios inconmensurables, Kaxirondo y Ruwenzori, y de otras cosas más.

Lo extraodinario era el arte que de la palabra hacía “Le Sorcier”, imitando, como es propio de muchas tribus, para dar mayor énfasis a lo que se relata, los sonidos, el color, la forma y hasta los movimientos de todo cuanto constituye narración.

Una vez hablado de los espíritus, se refirió a los hombres blancos que acampaban a las afueras del “kraal”. Hombres odiosos, que engañaban a los negros; hombres culpables de las lágrimas que derramaban las mujeres de las tribus cuando desaparecían sus hijos; hombres que turbaban la paz de los clanes, irritaban a los espíritus…

Los indígenas escuchaban con enorme interés.

¡Los espíritus clamaban venganza! ¡Deseaban que la tribu les ofreciera vivos a los hombres que se habían atrevido a injuriar con su presencia la morada de los hermanos N’Zambi!

Enardecidos, la exaltación de los oyentes del “mago” llegó a su punto culminante, cuando éste, volviendo a su danza demoníaca, declaró con un alarido semejante a los anteriores, que tanto era el ultraje inferido por los extranjeros a los espíritus, que éstos abandonaban la morada que hasta entonces había sido el árbol seco y astilloso vecino al poblado.

Y cual si sus palabras hubiesen sido escuchadas. ¡Oh, espantosa verdad! Los indígenas percibieron las llamas que comenzaban a devorar el tronco. Una amortiguada explosión fué el preludio del incendio.

“La mecha ha hecho contacto con la pólvora” -díjose satisfecho “Le Sorcier”.

Los gritos y los cantos se habían transformado en una especie de rítmico lamento, acompasado por los tambores tañidos con frenesí salvaje.

Poseídos por una extraña pasión en la que el odio y la furia se mezclaban en partes iguales, los indígenas, enfebrecidos por el concierto, daban curso a sus sentimientos y sensaciones contorsionándose, aullando y gimiendo.

Los tambores dominaban. Las voces, al unísono entonaban la melopea que les transportaba; revivían episodios olvidados, sufrimientos antiguos; dolores, heridas, ofensas, angustias, odios… Odios que anidaban en sus pechos desde que los hombres blancos -aquellos hombres que el “espíritu aparecido” les había señalado- habían llegado a la llanura y se llevaban a los hijos de la tribu.

Fué como un hálito que, animándoles, les despertara; y del fondo de sus corazones surgió el huracán devastador.

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