Olivia Güel

 

Playa de Argelès – Francia, 1939

Amanece en esta playa de sal, arena, alambres y fusiles. Sol tímido de invierno y frío, mucho frío, sobre los hombres de piel quebrada.

Hombres y mujeres que deambulan como muertos vivientes, cubiertos por mortajas de piel seca y escamada. Esta playa es un cerco funesto donde esperamos la muerte. No sabemos cómo ni cuando y ni siquiera si saldremos de aquí, porque nosotros mismos hemos cavado la fosa donde van echando los cuerpos de los que sucumben. Eso es todo. Dejar que pase el tiempo. Dejar de sentir.

Lo que primero que se va es el hambre, luego la sed. Lentamente, el cansancio se apodera de la fuerza que nos queda, apocándonos, aflojándonos, disminuyéndonos, hasta que dejamos de existir. Ya no se escuchan conversaciones. Sólo fúnebres monólogos de hombres sin ilusiones.

La luz del sol resplandece sobre el blanco de los huesos de la fosa, donde revolotean las gaviotas, buscando el alimento de los muertos más recientes. Gaviotas que sobrevuelan este campo de concentración para hacernos compañía. Gaviotas que traspasan la alambrada y se adentran en el mar llevándose nuestras voces sin sentido.

Palabras de locos sentenciados sin esperanza navegan a la deriva, sobre un mar que la luna encrespa. Sobre un mar que la luna calma. Sobre un mar poderoso y en constante agitación que se empeña en mostrarnos que todo viene y se va.

Pero yo he tenido suerte. En esta playa de algas secas, arena y caracolas, he conseguido subir a una de las gaviotas para hacer un viaje.

Sí, mi alma se agarró a sus alas y deshicimos el camino que una vez recorrí a pie. Sobre ella volví a cruzar campos, montañas y ríos. Y ese viaje me llevó de nuevo a la buhardilla de un bar de Barcelona dónde vi nacer a Nieves: mi hija.

En el invierno de mil novecientos treinta y ocho todo se había acabado. La única posibilidad que nos quedaba era huir a Francia y esa había sido mi intención desde hacía unos meses, pero el hecho de que Pilar, mi mujer, estuviera embarazada y que sus hermanas le aconsejaran que se quedara en el pueblo me hizo posponer la decisión. Hasta que llegó un momento en el que nos vimos cercados y no tuvimos más remedio que emprender el camino a la ciudad, donde se encontraba Josefina, la hermana de mi mujer, quien nos acogería para que pudiéramos reponer fuerzas antes de seguir nuestro viaje hacia el exilio.

Anduvimos durante días sobre la nieve de las montañas, recorriendo los caminos con sigilo. Así conseguimos llegar a Lleida, dónde cogimos un tren que nos llevó a Barcelona.

Cansados y derrotados llegamos al pequeño bar del barrio de Gracia. Me dio lástima que Pilar no pudiera recorrer la ciudad que yo había visitado con anterioridad. Me pareció que lo poco que vimos la decepcionó. Yo le había hablado de los preciosos edificios del Paseo de Gracia, del gentío que recorría las Ramblas y de los bonitos parques con fuentes en las que los pájaros paraban a refrescarse. Sin embargo ella sólo pudo conocer calles estrechas, farolas a medio gas, un bar pequeño y una buhardilla aún más apurada. No eran buenos tiempos y no nos podíamos dejar ver. Teníamos que escondernos, al menos hasta que naciera el bebé. Y eso sucedió la madrugada del martes trece de diciembre de mil novecientos treinta y ocho.

Vi salir su cabeza cubierta de un pelo fino y moreno y a continuación observé como el resto del cuerpo se deslizaba al exterior. La niña enseguida abrió la boca y se puso a llorar. Mi cuñada la sostuvo con delicadeza y me la acercó para que la contemplara. ¡Era tan pequeña, y estaba tan indefensa! Luego, Josefina cortó el cordón umbilical con destreza, lavó a la niña, la vistió y la depositó en los brazos de su hermana, que aunque exhausta, irradiaba felicidad. Josefina también mostraba signos de agotamiento y nerviosismo. Aún no había acabado de limpiar el dormitorio cuando me sacó de la habitación y plantando ante mí su cuerpo menudo, hinchándolo de ímpetu me dijo:

-Manuel. Ellas no se van.

Y yo no me podía quedar.

Así que pasé la noche a su lado, contemplando a mi mujer y a mi hija mientras descansaban. Al amanecer las besé y Pilar comprendió. Intenté no hacer ruido para no despertar a la niña, abrí la puerta de la habitación con cuidado pero antes de cerrarla, la voz de mi mujer me lanzó una pregunta:

-¿Qué nombre?

En ese instante me invadió el paisaje del camino recorrido en busca de la libertad y, aunque había decidido ponerle el mismo nombre que llevaba su madre, el de Nieves fue el escogido en la penumbra de esa habitación.

Ahora he vuelto agarrado a las alas de esta gaviota y aunque Pilar no me puede ver yo a ella sí. Está sentada, junto al balcón del que cuelgan escuálidos geranios. Estática y silenciosa parece una figura sobre la que Nieves despierta de un sueño y exige su comida. Su mano diminuta busca el pecho de la madre. Pilar se levanta el jersey y con delicadeza coloca el pezón dentro de su boca.

Beso fuertemente a Pilar y a la niña y las dejo ahí, mirando las gaviotas que desde el puerto se adentran en la ciudad. De nuevo tengo que irme, pero no pensaba hacerlo sin despedirme.

Nieva en la playa. Es un fenómeno extraño, pues la nevada viene del mar. Un manto blanco cubre la arena. Los hombres se tapan con lo poco que tienen y se agrupan junto la alambrada buscando refugio. Todos excepto uno, Manuel. Estirado sobre la arena, los copos cubren su cuerpo mientras su boca dibuja una sonrisa. Dos militares bien abrigados le recogen. Uno le agarra por los brazos, el otro por las piernas y le arrastran hasta la fosa, donde balancean el cuerpo, como si fuera un saco pesado que finalmente tiran a la oscuridad.

Dedicado a mi abuelo. Alguien de quien sólo me han llegado historias, porque ni su hija, mi madre, llegó a conocerlo

 

 

 

® Olivia Güel 2009

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