Siento que cada vez el tiempo pasa más rápido. Supongo que eso quiere decir que me estoy volviendo viejo. El problema es que esta cuestión afecta directamente a mi trabajo, pues los publicistas a los que asesoro suponen que estoy al corriente de las tendencias más nuevas y de los gustos de los más jóvenes.

Mi estilo de vida siempre se ha asentado en la juventud, y ahora que la estoy perdiendo me cuesta compaginar mis rutinas cotidianas con la esencia de lo que vendo.

Me pagan por ser joven. Demasiado fútil para que dure.

 

Entre reunión y reunión una comida rápida en un restaurante asiático de los de menús baratitos.

 

Ante mí, un plato con dos rollitos diminutos, unas hoja de lechuga y un tarrito con una salsa de aspecto sospechoso.

Desecho la salsa porque esta tarde tengo reunión de marketing y no puedo permitirme un estómago que no esté en condiciones. Esas cosas sólo les pasan a los viejos. Las hojas de lechuga no me dicen nada, así que me como directamente los rollitos y miro a la camarera para que me traiga el arroz que he pedido de segundo.

 

-Lo has hecho mal.- dice la muchacha oriental con cara de reprimenda. Y continúa:

 

-El sabor del rollito, en sí es bueno, pero para disfrutarlo no debes dejar que se enfríe. El rollo ha de estar muy caliente, lo envuelves en la hoja de lechuga y entonces lo mojas en la salsa. El picante es suavizado por el frescor de la lechuga que encierra el crujiente rollito relleno de verduras.

 

Me quedé boquiabierto.

 

-No te preocupes, te traeré otro para que lo disfrutes como debe ser.

 

El rollo humeante  fue envuelto en la fresca y bien seca hoja de lechuga y todo ello junto introducido en la aparentemente inofensiva salsa que escondía el fuego de la guindilla.

 

Me sentí el comensal más afortunado del mundo cuando degusté el conjunto y me entretuve en saborearlo con placer. Desde ese mismo momento cambió la percepción que tenía del rollito, de la salsa y de la lechuga, así como a mis ojos también cambió la muchacha oriental, pues de una simple camarera pasé a verla como una sabia consejera de los placeres más humanos.

 

Creo que los minutos que duró esa experiencia reactivaron una parte de mi cerebro que se estaba durmiendo y me sentí más joven que nunca, realmente preparado para la reunión.

 

 

 

 

 

 

 

 

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